Carta a una querida amiga

Carta a una querida amiga … Cuca

Por Peggy Gilbert del Cuerpo Canino Terapéutico Lincoln

Llegaste a mi vida en marzo de 2011 al poco de cumplir un año. Llevabas en la protectora seis meses esperando un nuevo hogar. En ese momento, no me pude imaginar lo importante que llegarías a ser para mí.

Cada mañana, nada más levantarnos, los otros siempre querían salir al jardín, pero tú no. Tú te quedabas conmigo. Te quedabas tumbada en el suelo de la cocina mientras desayunaba yo, y si por casualidad caía algo, ¡no se te escapaba nada!

Después solíamos hacer unos momentos de entrenamiento. Eras lista como tú sola, y aprendías muy rápidamente. ¡Te gustaban mucho los premios! De hecho, nuestra amiga San nos regaló tres bolsas de premios. Dejé las tres bolsas en la mesa de la cocina porque quería hacer una foto de ellas. Cuando fui a recoger las bolsas para hacer la foto, ¡sólo quedaban dos! Ni que decir tiene, lo que había pasado no era ningún misterio.

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Era un placer entrenar contigo. ¡Aprendías rapidísimamente! Una de las habilidades que te enseñé fui la de ponerte sobre las patas traseras y levantar la parte delantera del cuerpo. En un principio, no íbamos a utilizar esa habilidad en las sesiones; la hacíamos para que te pudieras fortalecer las caderas de modo que cuando te hicieras mayor, no tuvieras problemas de caderas. No obstante, como la hacías tan bien y hacía mucha gracia, le puse la señal “¡Di por favor!” y la hacías estupendamente. A todos los usuarios les gustaba.

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Solías caerle bien a todo el mundo. De hecho, aun con tus siete años, la gente me preguntaba si eras cachorra por lo activa y simpática que eras. ¡Conquistabas corazones por doquier!

Otra amiga nuestra te hizo un regalo muy bonito – un precioso plato con tu nombre. ¡Gracias, Marian; es un recuerdo precioso!

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La última habilidad que te enseñé fue muy graciosa también. Yo me quedaba de pie con las piernas abiertas y tú estabas delante. Cuando te decía la señal, pasabas entre mis piernas, detrás te dabas la vuelta, volvías a meterte entre las piernas donde te sentabas. La señal era “¡cucutrás”. En casa la hacías muy bien, aunque fuera, te costaba un poquito más. Estaba muy orgullosa de ti.

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Siempre eras muy curiosa y hay muchas anécdotas que podría contar. Una de mis favoritas, fue cuando abriste la olla a presión. A veces hago caldo con un hueso de jamón para echar sobre el pienso. Un día lo hice, pero como la olla no me cabía en el frigorífico, dejé la olla detrás de la cocina sobre una encimera alta que hay. La olla quedaba cerrada y muy elevada. ¡No me imaginé que la pudieras alcanzar, pero cómo me equivoqué! Tuve que ausentarme y cuando volví a casa, para mi sorpresa, la tapa de la olla estaba en el jardín. La habías bajado – no sé cómo – la abriste, y te tomaste todo el caldo, ¡unos cuatro litros! La verdad es que no sé dónde lo metiste. ¡El mango de la olla todavía tiene las marcas de tus dientes!

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Otra anécdota que hizo menos gracia fue con la cámara de fotos. La cámara estaba en su funda, dentro de un maletín que se encontraba debajo de la mesa del despacho. Estábamos una compañera y yo en el despacho y ni nos dimos cuenta cuando entraste. Te metiste debajo de la mesa, abriste el maletín, cogiste la cámara, te la llevaste al jardín, abriste la funda, y, a continuación, experimentaste con el manejo de la cámara la cual pasó a mejor vida. ¡Ojalá todavía estuvieras conmigo! Con muchísimo gusto te daría la cámara nueva para que hicieras lo que quisieras con ella.

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Tú posabas maravillosamente bien y me ayudabas muchísimo cuando quería hacer fotos anunciando eventos y felicitando los cumpleaños.

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El 24 de noviembre, diez días antes de tu partida, hiciste tu última intervención como perrita de terapia en la residencia Albertia Valle de la Oliva donde te querían muchísimo. Lo hiciste muy bien como siempre. ¡Eras una perra de terapia extraordinaria! Hay un vídeo que capta la ocasión.

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Uno de los aspectos que más me gustaba de ti era tu preciosa sonrisa. Quería conseguir que sonrieras con una señal, pero no me dio tiempo. Afortunadamente, tengo algunas fotos donde se ve muy bien. Una de las fotos te la hizo nuestro amigo, Antonio, con todo su cariño. ¡Estabas guapísima! También hay otra foto con tus compañeros caninos en que estáis sonriendo todos. ¡Me gusta mucho recordarte así!

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Aún están en la cocina tus medicinas. Todavía no las puedo quitar…

Para celebrar tu vida, he preparado un pequeño vídeo.

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